Educación / Formación

La tarea: El despertar de la vida moral

Para Pestalozzi, el fin de toda educación es el hombre moral. Éste trata de lograr el bien, aspira al amor, está arraigado en la fe y pospone su egoísmo siempre que le es posible. Se siente interiormente libre para querer el bien y es, por ello, "obra de sí mismo".

También Pestalozzi sabe que: No es fácil vivir como hombre moral, porque en la naturaleza humana existe una tensión. Por un lado, actúan los instintos y el egoísmo, porque la "naturaleza sensitiva, animal" le manda al hombre aspirar al placer y evitar toda desgana (falta de placer). A esto se oponen, por otro lado, la conciencia y el mejor discernimiento. Son expresión de la "naturaleza superior, eterna, divina" y le permiten al hombre reconocer que, cuando deja que la naturaleza animal siga su rumbo libremente, se produce querella, lucha, falta de amor, guerra y miseria, y la vida se queda sin plenitud auténtica. Es, pues, una de las convicciones más fundamentales de Pestalozzi que al individuo sólo mediante la educación se le hace posible satisfacer su vocación superior y despertar en sí mismo la vida moral. De modo que se plantea el interrogante: ¿Cómo llega el hombre adolescente a tener las condiciones para poder hacer esto?

El desarrollo de fuerzas y talentos conforme a la naturaleza

Según la convicción de Pestalozzi, las predisposiciones para la realización de una vida moral se hallan en la naturaleza del hombre. A cada niño le han sido dadas – inicialmente en un estado no desarrollado – fuerzas y aptitudes. Éstas se dejan desarrollar, es más, sobre la base de un impulso inmanente, la "fuerza de aspiración" (Strebkraft), acucian hacia el desarrollo. En ello es de importancia decisiva el hecho de si se ponen al servicio del egoísmo o bien sirven a la realización de una vida moral. Porque al niño, por naturaleza, le han sido dadas fuerzas y talentos también para ésta. Le permiten vencer su egoísmo y dirigirse hacia el tú. Pestalozzi llama este impulso social natural "benevolencia". De él se desarrollan poco a poco – en tanto que la educación sea buena – los sentimientos morales básicos del amor, de la confianza y de la gratitud, en los cuales se basan todos las demás fuerzas morales-religiosas. Aparte de estas "fuerzas del corazón" es menester desarrollar también las fuerzas intelectuales y artesanales. Hay que observar, sin embargo: El corazón, la cabeza y la mano se desarrollan cada uno según sus propias leyes. Es la tarea del educador llegar a conocer estas leyes y someterse a ellas. Todas las influencias educativas se tienen que someter en todo caso a la naturaleza humana. "Conformidad con la naturaleza" es, pues, la exigencia suprema de Pestalozzi para la educación.  Sólo ella es "formante", y toda influencia no conforme a la naturaleza sobre el hombre es "deformante".

El estado de ánimo sentimental de índole moral mediante la satisfacción de necesidades y una vida en tranquilidad

Para el desarrollo sano del niño es fundamental, según Pestalozzi, la relación madre–niño. Los tres sentimientos morales básicos sólo se desarrollan en el niño de manera óptima, si la madre satisface sus necesidades naturales en una atmósfera de seguridad, llena de amor. Por ello, para Pestalozzi el cuarto de estar es, pues, la base propia de toda educación. Todo lo demás tiene que continuar y completar la educación del cuarto de estar, así también la escuela. Ésta, a la verdad, nunca puede suplir un cuarto de estar. Una maestra, a pesar de todo, no es la madre, y un maestro no es el padre; la educación escolar, sin embargo, sólo puede ser fértil, cuando todo lo educativo está impregnado por una relación interpersonal calurosa y abierta. Según Pestalozzi, el hombre se forma "humanamente en lo esencial sólo de cara a cara, sólo de corazón a corazón" (PSW 24 A, 19). Para él, la educación es siempre un proceso personal y la capacidad más importante del pedagogo es la de percibir a cada niño con mirada cariñosa como individuo y saber corresponder a los sentimientos de su alma.

Según Pestalozzi, todo esto sólo es posible en una atmósfera fundamental de  tranquilidad. Este estado de tranquilidad interior se produce en el niño de una parte, por la satisfacción de sus necesidades (no por la satisfacción de sus deseos), por otra, por la irradiación de serenidad cariñosa de los educadores. Pestalozzi no se cansa de subrayar la bendición de esta tranquilidad  interior para el desarrollo moral del niño. Así escribe en su última obra importante, en el "Canto del cisne" (Schwanengesang) (1826): "La esencia del humanismo sólo se desarrolla en la tranquilidad. Sin ella, el amor pierde toda la fuerza de su verdad y de su bendición. La inquietud, en su esencia, es hija de sufrimientos en el campo de los sentidos o de deseos sensuales; es, o bien la hija de la penuria perniciosa o del todavía más pernicioso egoísmo; en todos los casos es, sin embargo, la madre de la falta de amor, de la falta de fe y de todas las consecuencias que, por su naturaleza, nacen de la falta de amor y de la falta de fe" (PSW 28 63).

En esta atmósfera de tranquilidad y de aceptación por los demás, crece en el alma del niño, según Pestalozzi, un "estado de ánimo moral": El niño está dispuesto a compartir con los demás, ayudar a los demás y a hacer algo por amor a ellos, con lo cual se desarrollan las fuerzas de su corazón. Según la percepción de Pestalozzi, dichas fuerzas nunca se activan por presión, obligación o violencia, sino sólo por la vida anímica-espiritual del mismo educador. El amor en el niño sólo se despierta por el amor que recibe. La confianza sólo nace por el hecho de que el educador confía en el niño. El respeto frente a la vida, la fe religiosa, el afecto hacia todas las criaturas – todo esto sólo nace en el niño cuando siente esta postura en el adulto. Por ello la vida interior del educador llega a ser como un destino para el desarrollo moral del niño. Lo que vive en el alma de  padres y maestros hace vibrar lo correspondiente en el alma del niño.

Contemplación exterior e interior

Pestalozzi ha definido la contemplación como "fundamento absoluto de todo conocimiento" (PSW 13, 309). Con esto tiene en mente, para empezar, la formación de conceptos del niño. Esta contemplación "exterior" sirve, por tanto, al desarrollo de la cabeza (ver abajo). Pero además postula también la contemplación "interior". Aquí se trata del juicio interior moral en el marco de la contemplación exterior o de una vivencia cualquiera. Vivir en la contemplación interior quiere decir: sentirse elevado interiormente por la vida moral de los prójimos, captar  la importancia de los valores espirituales para la vida humana, vivir intuitivamente la responsabilidad en su modo de obrar, es más, el  sentido de su modo de obrar. Para Pestalozzi está claro que la moralidad de un ser humano es la consecuencia directa de la posibilidad de haber llegado, siendo niño, a la contemplación interior de la moralidad, sea en contactos interpersonales, sea en la vivencia de acontecimientos de ficción al escuchar cuentos.

La transición al modo de obrar propio: Obediencia

Según el convencimiento de Pestalozzi se tiene que desarrollar en el niño, en paralelo con los tres sentimientos morales básicos del amor, de la confianza y de la gratitud, la obediencia. Queda dicho con ello que  la obediencia infantil natural no tiene nada que ver con  la represión, sino que es, al contrario, la base de la libertad. Ésta, según él, se basa en la capacidad de poder obedecer a la propia conciencia, liberado de las fuerzas del propio egoísmo y de la impulsividad. Según la convicción de Pestalozzi, un niño, sin embargo, sólo puede obedecer a su propia conciencia si antes ha conocido y practicado la obediencia frente a los educadores. Por esta razón, Pestalozzi define la obediencia como "capacidad moral fundamental".

Pestalozzi, así pues, se pregunta, cómo se desarrolla la obediencia de forma natural, y constata que primero se presenta como obediencia pasiva, tal como tener que esperar y saber esperar y, tan sólo después, en su forma activa, es decir, como capacidad de acomodarse a la voluntad del educador. La obediencia, en verdad, sólo se puede desarrollar, si el educador se caracteriza por una firmeza que esté arropada, incrustada, en el amor que educa. En este caso, el niño tampoco se siente abrumado u ofendido porque se le exija la obediencia, sino que la acepta como lógica en la mayoría de los casos. Un amor que cree poder prescindir de la obediencia sería, según Pestalozzi, debilidad, amor "animal"; sin embargo, cuando va acompañada de firmeza y sentimiento de responsabilidad, llega a ser, según la expresión célebre de Pestalozzi, "amor vidente" (PSW 21, 228). Éste le da al niño apoyo, le marca pautas y límites necesarios.

En el marco del desarrollo de fuerzas morales, la manera de obrar sobre la base de la obediencia es, según Pestalozzi, el segundo escalón (el primer escalón: el estado de ánimo moral). El tercero y último escalón son los conceptos claramente morales, el reflexionar y hablar sobre la moralidad. Es decir: Primero el niño debe sentir vida moral (corazón), despúes debe hacer el bien (manos) y, finalmente, sigue la reflexión (cabeza). Con esta concepción, Pestalozzi se opone al racionalismo que cree poder basar la vida moral exclusivamente en la razón. Pestalozzi  rechaza esto por dos razones: primero, porque no se puede esperar con la educación moral del niño el tiempo necesario hasta que se haya formado la razón, y, segundo, porque ve las acciones del hombre en mucho mayor medida fundadas en el alma que en reflexiones razonables.

Las fuerzas ulteriores: cabeza y manos

Para Pestalozzi, las fuerzas del corazón están en el centro. Fuerzas intelectuales y artesanales (cabeza y manos) están al servicio de las fuerzas del corazón formadas. Cuando éstas son desarrolladas, se trata de "educación", mientras que Pestalozzi, tratándose del desarrollo y del fortalecimiento de fuerzas intelectuales y físicas, en la mayoría de los casos habla de "formación". Ahora bien, formación y educación no deberían de ser separadas, sino unidas, y esto de manera que la formación llegue a ser medio para  la educación. De ello resulta el concepto de la enseñanza educadora. Ésta, sin embargo, Pestalozzi no quería encargársela exclusivamente a la escuela, sino abogaba por la "escuela de la madre": Los padres, en primer lugar la madre, aparte de la educación moral de sus niños tenían que ocuparse también de una formación encauzada de cabeza y manos dentro del marco de la vida natural en la habitación de estar y en el trabajo diario.

En la formación de las fuerzas mentales, (cabeza), ocupa un lugar central la formación de conceptos como base para el juicio maduro. En principio, se trata aquí de que el niño aprenda a utilizar sus sentidos (contemplación), y esto siempre en combinación con el lenguage. Todo ello se tiene que realizar también en el marco de una dedicación cariñosa por parte del educador. Un niño, efectivamente, no aprende el idioma de otra manera, sino mediante el contacto social. Pestalozzi describe en cuanto al desarrollo de las fuerzas intelectuales un recorrido de cuatro escalones: desde la "contemplación oscura" hasta el "concepto claro", que no ha de ocuparnos más en este lugar. Es de importancia práctica que los niños experimenten intensamente las cosas de su entorno, si es posible, con todos los sentidos y que aprendan a nombrar su apariencia con todos los detalles lo más exactamente posible verbalmente. Esta denominación verbal constituye entonces la base para un juicio autónomo. Pestalozzi se pronuncia vehementemente contra la costumbre de que se les deje a los niños juzgar prematuramente sobre cualquier cosa. "El momento del aprender no es el momento del juzgar" PSW 13, 206). El juicio debía de resultar de consideraciones maduradas como por sí mismo, como un fruto maduro cae de su cáscara.

En la formación de las fuerzas físicas (mano,"arte"), se trata de fuerza corporal, habilidad, agilidad y aplicación práctica, en todo lo cual existe una relación inseparable con el desarrollo de las fuerzas mentales. En el ámbito del arte también, Pestalozzi describe un recorrido de cuatro escalones que empieza con el hecho de que el niño esté atento, en primer lugar, a la ejecución correcta de una habilidad. Al final del desarrollo están "libertad y autonomía", es decir, la maestría creadora. Para la práctica pedagógica es, por otra parte, de importancia que las técnicas en el manejo de herramientas y la utilización de  materiales fueron desarrollados socialmente en processos con frecuencia durante siglos y que, por ello, tenían que ser trasmitidos socialmente, mientras que los contenidos deben de ser dejados en gran medida al criterio de los aprendices.

El medio esencial del desarrollo: El uso de las fuerzas

"Desarrollo de fuerzas y talentos" es algo fundamentalmente diferente de "el llenar un recipiente vacio con informaciones". En el concepto de formación de Pestalozzi los contenidos del aprendizaje son de relativamente poca importancia. Esencial es lo que pasa en el niño por el diálogo con la materia. No la debe simplemente absorber, sino cambiar, es decir, fortalecerse por el trato de la materia. No está en el centro la transmismión de conocimientos, sino la adquisición de saber hacer. Su capacidad de pensar, de recordar, de imaginar y de juzgar debe fortalecerse, sus manos, su cuerpo entero tiene que hacerse más fuerte, más ágil, más hábil, más mañoso, más diestro. Y aquí nace la pregunta de cómo hay que realizar esto. Para Pestalozzi está claro de modo inmediato: "Cada una de estas diferentes fuerzas se desarrolla de forma natural en gran parte sólo por el simple medio de su uso" PSW 28,60). Sólo pensando se desarrolla la capacidad de pensar, sólo por el mismo imaginar se desarrolla la fantasía. Lo mismo vale también para las capacidades artísticas: Sólo por el empleo de la mano ésta se vuelve hábil, sólo por el esfuerzo se hace más robusto el cuerpo. Y, finalmente, vale lo mismo para las fuerzas morales: Amor sólo se forma por el hecho de amar y no por el hablar sobre el amor, fe religiosa sólo nace por la misma fe y no por el hablar sobre la fe o el saber y aprender de memoria  lo creído.

Ahora bien, hay que recordar que, según la convicción de Pestalozzi, se encuentra en cada fuerza o capacidad un impulso de  desarrollo. "El ojo quiere ver, el oído quiere oír, el pie quiere andar y la mano quiere coger. Pero, de la misma manera, el corazón quiere creer y amar. La mente quiere pensar. En cada disposición de la naturaleza humana hay un impulso de levantarse de su estado de inhabilidad y torpeza a la fuerza formada que, no formada, se halla en nosotros sólo como germen de la fuerza y no como la fuerza misma", escribe Pestalozzi en el "Canto del cisne" (Schwanengesang) (PSW 28, 61).

Todos estos pensamientos, que el desarrollo de las fuerzas sólo se puede realizar mediante la actividad propia del niño, Pestalozzi los concentra en el concepto de la "autoactividad". Sólo niños activos están en proceso de formación. La  importancia de la autoactividad hace comprensible por qué Pestalozzi tomaba una postura positiva frente al trabajo infantil. Para él no se trataba de explotación, sino de un desafío de todas las fuerzas mediante trabajo razonable y necesario.

El objetivo: La armonía de fuerzas y capacidades

Pestalozzi exige sin cesar que todas las fuerzas y todas las aptitudes se desarrollen de manera que al hombre le sea posible una vida moral. Esto se logra en el momento en que las fuerzas de la cabeza, del corazón y de las manos están desarrolladas cada una de manera óptima, pero en el momento en que, al mismo tiempo, se subordinan las fuerzas físicas y mentales a las fuerzas del corazón. Con ello nace la armonía de las fuerzas. Queda garantizada, según Pestalozzi, por la "fuerza común" (Gemeinkraft) que es idéntica con el amor. Finalmente, se trata de educación y formación en el amor, por el amor, para el amor. Así leemos en el discurso de Pestalozzi, dirigido a su casa en el año 1809: "Los hombres a nuestro alrededor reconocen que en nuestro obrar no nos proponemos como último fin de nuestros esfuerzos vuestro intelecto, ni vuestro arte, sino vuestra humanidad. ... Por mi obrar yo busco la elevación de la naturaleza humana hacia lo más alto, lo mas noble – busco su elevación por amor, y sólo en su fuerza sagrada reconozco el fundamento de la formación de mi especie hacia todo lo divino, hacia todo lo eterno que se halla en su naturaleza. Considero todas las aptitudes de la mente y del arte y del entendimiento que están en mi naturaleza sólo como medios del corazón y de su divina elevación al amor. Sólo en la elevación del hombre reconozco la posibilidad de la formación de nuestra misma especie para llegar a la humanidad. El amor es el único, el eterno fundamento de la formación de nuestra naturaleza para la humanidad" PSW 21, 226 s.).

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Traducción

Nombre: Elisabeth Fernández

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